jueves, 7 de mayo de 2015

LA SOMBRA



Y allí estaba cuándo desperté, en una solitaria calle y rodeada de una ligera niebla.

- ¿Hay alguien? - Era imposible, y sin embargo, ya no era imposible negarlo. No sabía dónde estaba, a dónde ir… Me sentía sola.

Empecé a caminar por la larga calle, que parecía no tener fin. Grises y altos edificios a mi alrededor, unos formados sólo por cristal y cemento, otros de ladrillo, pero todos grises o eso me parecía.

Seguí caminando, no sin cierto pavor, cuándo un ruido me detuvo. Giré bruscamente, pero seguía sin haber nada, ni nadie. Proseguí mi camino, con la esperanza de llegar al final, pero no hube empezado, cuándo lo que creí que era una sombra, empezaba a acercárseme, intenté correr, lo intenté, pero por más rápido que lo intentaba, no me movía del lugar y aquello se estaba acercando. Mi respiración se entrecortaba, no podía moverme y no sabía que era lo que me acechaba, era rápida, cada vez estaba más cerca y mis piernas no respondían, 20, 18, 16 metros, lo tenía muy cerca. Un escalofrío me recorrió la espalda, “No puede ser lo estoy imaginando, eso no”.

-    ¡MOVÉOS! – Grité y empecé a correr tan rápido como pude para evitar que la sombra me alcanzase.

Corrí y corrí hasta dar con un parque, estaba florecido, pero éstas tenían el mismo color gris de los edificios. Aquel parque no terminaba de gustarme, pero sabía que era una posibilidad para escapar de la sombra.

Me adentré y poco a poco se fue convirtiendo en un denso bosque. Creía que iba caminando en línea recta, cuándo me di cuenta de que no era así y acabé totalmente perdida, pasando una y otra vez por las mismas zonas. No sabía cómo salir de allí. Volví a empezar, primero giré a mi izquierda, después a la derecha… Todo era exactamente igual, los árboles eran idénticos unos a otros, ni la corteza era diferente. No sabía si el árbol que había a mi izquierda era el mismo por el que había pasado apenas 5 minutos antes, no sabía que hacer y aquella pesadilla parecía no tener fin. Al menos no veía a aquello que antes me perseguía, al menos, podía respirar. Continué caminando, quería salir de allí, “¿acaso pedía mucho?” pensé, sólo salir de aquel bosque y volver con mi familia. Me senté en un pequeño claro para descansar, tenía las piernas fatigadas de la carrera y de todo el tiempo que anduve sin parar por el bosque.

Un escalofrío volvió a recorrerme la espalda. Allí estaba, La Sombra, respirando en mi nuca como si hubiese estado pegada a ella todo el tiempo. Me levanté poco a poco, sin girarme, no quería ver qué era. Lo único que quería era salir corriendo, o mejor, desaparecer.

Quedarme allí, quieta, era como desaparecer, tenía la sensación de que si no me movía, no me haría nada, como si fuera invisible a sus ojos, si es que los tenía.

Traté no hacer nada, pero algo me recorrió la espalda subiendo hasta mi hombro derecho, lo toqué, lo cogí y cuándo lo miré, pude distinguir la silueta de un hueso.

Ya no podía hacer nada, me giré y allí estaba. Era Ella, supe que había llegado el final. Vestida de negro, con las cuencas de los ojos vacías, tan sólo ocupadas por el color negro, con su infinita sonrisa llena de dientes... Aquella que pocos temen había venido por mí, sin saber cómo, ni cuándo, ni por qué.

Una lágrima recorrió mi mejilla. Mi suerte ya estaba echada.

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